Bichitos de ciudad
- fedeternum
- 11 sept 2016
- 6 Min. de lectura
Bichitos de ciudad
Mil personas o quizás millones transitan una de las avenidas más grandes de la Argentina, la calle Corrientes, la avenida que nunca duerme, su paso es fugaz pero siempre dejan algo. Turistas, habitantes, gente de paso, van y vienen.
Ya decía el tango: “¡Todo pasa en esta vida! ¡Te cambiaron Corrientes angosta! Ya no sos la calle posta donde un día supe andar... Yo tampoco soy el mismo, hoy ya no tengo la pinta de antaño y entre tus luces me siento tan extraño, que me dan ganas de lagrimear.” (Ángel Gatti, 1952), cuando de ser una simple calle, pasó a ser la gran Avenida Corrientes, “la que nunca duerme”.
Como todo buen Argentino que se merezca (en especial a los porteños de alma y de ley) siempre hay dos posturas de un mismo tema: Boca-River; Unitarios-Federales; Ford-Chevrolet; Pizza-Empanadas; Montaña-Playa. En el caso de los porteños existen dos concepciones de cómo ven a la Ciudad de Buenos Aires, al centro, a la calle Corrientes: los que la aman, los que la odian.
Cuando uno transita la Avenida, se puede encontrar con oficinistas, chicos, universitarios, médicos, abogados, taxistas, pizzeros, entre muchísimos ejemplos más, sin embargo, lo que más se puede percibir es la rapidez con la que caminan, sus pasos continuos y acelerados dan una perspectiva de la ciudad como si se estuviese viendo una película en el doble de velocidad. Nadie habla entre sí, existe el individualismo y el autismo, también el mal humor, cuando de repente en la intersección de Callao y Corrientes un motociclista casi de lleno se incrusta en el medio de un taxi, afortunadamente sin daños ni heridos, el encuentro de estas dos personas termina con una despedida entre ellos diciéndose el uno al otro que se vaya a encontrar con la madre que lo ha parido.
Entre las miles o millones de personas que transitan esas cuadras, esas manzanas repletas de negocios, olores y brillos distintos podemos encontrar a un señor de profesión contador, con mas de 25 años transitando de lunes a viernes la “avenida que no duerme” que te cuenta que desde que él era chico se tiene la idea de la grandeza de la Calle Corrientes, que le gustan las librerías, las pizzerías, los teatros, pero llegando a la 9 de Julio y pasando ya el panorama se vuelve un tanto menos lindo, <<no tengo lo que mirar, no le encuentro lo atractivo, anteriormente la ciudad y los negocios tenían más “luces”, más vida, ahora la gente anda demasiado rápido, es como que se detiene todo, hasta que llegamos, a por ejemplo, Paseo Colón, ahí se reactiva la vida nuevamente>>, comenta mirando para todos lados, <<los últimos años hay que reconocer se ha reactivado, los teatros, los cines que algunos quedan, en especial las librerías, pero de cualquier forma se han puesto nuevos negocios, tiene una nueva vida y la gente ha respondido positivamente, la gente volvió al centro, quiere conocer esa Corrientes ancha y disfrutar de la avenida que nunca duerme, mantiene un poco su esplendor>>.
Sin dejar de ver para todos lados el contador prosigue: <<están los que transitan en colectivos, el subte y corren por necesidad laboral, los que venden baratijas en la calle hace que moleste un poco e incomode, cada uno está absorto en sus pensamientos y eso hace que se pierda el esplendor de la Calle Corrientes, uno debe acelerar el paso para no ser molestado, para estar con uno mismo, tenemos derecho a poder disfrutar de nuestros pensamientos, uno no quiere vivir así, ellos te lo imponen. Quiero poder parar a mirar una vidriera o para conversar sin molestar a otro ni que me molesten, la gente es individualista, quiere vivir su propia vida, pero también en algunos aspectos quiere vivir en grupo, el porteño siempre ha vivido en sociedad, le gusta lo que es salir, por eso le gusta la avenida, por eso mismo se han trasladado los puntos neurálgicos a otras avenidas, como Cabildo, Triunvirato, un tanto más tranquilas>>.
El señor se detiene a recordar que <<a la gente le gusta ver que hay en los teatros, si hay algún actor en la calle, pero nunca podrá ser comparado con el esplendor en las décadas entre los ´60 y ´70, es más antes, en esos años, los horarios cuando terminaban las películas eran diferentes para que las personas pudieran transitar y entrar en los teatros y cines>> (Hace poco tiempo se pudo ver como la calle Corrientes colapsada con el estreno de la obra de Susana Giménez, algo insólito en los últimos años, donde solo se llegaba a cortar la calle por “Casi Ángeles” o “Floricienta”)
<<El mito de la calle Corrientes, a mi criterio ya no existe, las pizzerías siempre están llenas pero la gente va porque le dijeron, porque le dijeron que era importante, se sienta para sentir lo que vivieron los padres, yo no sé si se puede disfrutar ahora como cuando se iba en pareja, con la familia o solo,la sociedad quiere volver a vivir eso, uno se lo quiere imponer así mismo. Los sábados y domingos, prefiero evitarla, prefiero ir a otros barrios, Villa Urquiza, o Villa Crespo, me siento mas cómodo y mas identificado>>, finaliza el profesional.
No nos podemos olvidar de nombrar a los cientos de hombres que en el recorrido de pocas cuadras te dicen al oído y por lo bajo: “cambio, compro, cambio”. Las miles de camisetas de fútbol de distintos países y clubes, los muchachos con sus bolsos con pines de anime y cómics, las chicas con sus jarritos de cafés recién salidos de las “tiendas de café” (antiguamente a esos lugares les llamaban cafeterías, y se cuenta que podías comprar café con leche y una media luna, hoy día lo llaman café latte o café mocha con una mezzaluna).
También tenemos la otra polaridad, los más relajados y los que le dan más importancia a otras cosas, en especial a la comida, el porteño sabe comer, sabe dónde comer, sabe cocinar y le gusta que le cocinen bien, sabe donde están las mejores empanadas, las mejores pizzas, los mejores sorrentinos, los mejores churros, los mejores cafés, la creme de la creme de las harinas y la carne. Y en la ciudad de eso hay y mucho. Nos encontramos por ejemplo con una señorita de buen comer y nos “tira la posta”: “los mejores churros se comen en la Giralda, donde además te sentás en sillas y mesas de madera y mármol” comenta con una sonrisa en la cara. Prosigue con una muestra de los mejores centros culinarios o “points” de la ciudad, a unos metros de la Chuerria, <<podés encontrar Bombonella, lugar en la avenida donde los maestros pasteleros te muestran mediante una vidriera como hacen delicias con el chocolate, el chocolate en rama es lo mas>> concluye, se detiene, piensa y prosigue <<ah, y no olvides ir a Guerrin, a comer una pizza de parado y con un florero>> (el florero es un vaso enorme de cerveza tirada, bien fría, lo mejor para el verano).
En Guerrin podemos encontrar a un muchacho uruguayo que no puede creer que tan rápido comen los argentinos, lo que él tarda en comer una porción de pizza, los argentos comen tres, es la velocidad de la ciudad.
Continuando el tango del primer párrafo “Aunque en tus calles transiten hombres que son la nueva generación, Corrientes mía, calle querida, estás metida en mi corazón.” La calle que nunca duerme es eso mismo, es la nostalgia viviente, el recuerdo de viejas épocas doradas que hoy día se extraña, pero algo de su magia vive aun, en las librerías, en los teatros y en especial en las mas grandes pizzerías de la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo Adrián Otero con su banda Memphis la Blusera lo resumía:“Lavalle a la hora 23, las chuchis hierven. Las luces se encienden, calle Corrientes, se llena de gente, que viene y que va, salen del cine, ríen y lloran, se aman, se pelean, se vuelven a amar y en la Universal, fin de la noche, moscato, pizza y fainá, moscato y pizza.”
Y eso somos los porteños, aunque todo pase en esta vida y ya no seamos los mismos, los gustos en las distintas generaciones no cambian.
Nota del escritor: Amo la ciudad, soy bicho de ciudad y muy orgulloso de serlo. Viví toda mi vida al lado de la calle Corrientes, al lado del subte, con todos los colectivos que yo quisiera. A los 15 años iba a una comiquería llamada Camelot (donde hoy esta La Revistaría, Uruguay y Corrientes) y el dueño que me veía todos los días me decía: “Señor, su pedido ya está listo” y yo con mis libros de estudio y mis quince abriles me sentía un campeón, me sentía feliz de que me trataran como mayor. Hoy siento la misma felicidad cuando veo que si bien muchos lugares ya no están, ya no estoy en el secundario, el espíritu de la ciudad está intacto.



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